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HÁBITO LECTOR No. 8
GRADOS OCTAVOS Y NOVENOS
DOS LATAS DE CONSERVA
Adel López Gómez
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Para Amezquita aquel singular hallazgo satisfacía en cierto modo un confuso deseo aventurero. Y era este una disposición tal de ánimo que debió transmitir al fugitivo, suscitando en él un deseo ya fácil de confidencia. La cual se hizo más espontánea todavía cuando el propietario de la isla le llevó a su tolda y le ofreció un buen almuerzo en su compañía. Le veía débil y desamparado y advertía que su eventual prodigalidad parecía abrumarle. Cuando confesó haberse llevado sus latas, ello fue casi un motivo de regocijo y produjo el singular resultado de que se confiase en el Liborio Amézquita plenamente.
Su caso, por lo demás, bien podía parecer el de un criminal de novela policiaca. Dos años antes había sido procesado en Bogotá por homicidio, y logrando huir el día mismo en que le fue notificado el auto de enjuiciamiento. A Amézquita no le sorprendieron sus reiteradas protestas de inocencia que, desde su punto de vista de abogado, encontraba obvias pero súbitamente recordó el proceso aquel y la coincidencia de haber intervenido en el carácter de defensor de una tercera persona. Le preguntó sorpresivamente:
- ¿Cómo se llama su mujer?
- Aurelia Valencia…
- Aurelia Valencia…
La recordó enseguida con exactitud. Su cara gordezuela y bonita de muchacha sabanera. Sus ojos oscuros e ingenuos. Su pelo liso, caído sobre los hombros…había visto muchas veces su cara en los periódicos capitalinos, a raíz del crimen pasional, del cual se hizo culpable el amante de la victima…
-¿Cómo se llama usted?
- Dionisio Lema, señor.
- Ah, si, Dionisio Lema… Claro lo recuerdo muy bien. Claro lo recuerdo muy bien.
Contestó el otro sorprendido:
- ¿Cómo? ¿Me recuerda? Estoy seguro de que usted y yo no nos habíamos visto nunca hasta hoy.
- Si es cierto. Pero ocurre que yo fui el defensor del otro…
-¿Pero cómo? ¿es que hubo otro…?
- Lo hubo.
- Si es cierto. Pero ocurre que yo fui el defensor del otro…
-¿Pero cómo? ¿es que hubo otro…?
- Lo hubo.
Lema, entonces, fue presa de una agitación inesperada. Se trataba de algo tan nuevo y sorpresivo para él que no acertaba a comprenderlo. De repente rompió a llorar sin que Amezquita osara interrumpirlo.
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